Los que saben

Un adorno nuevo que nos haga pensar en el futuro

Un adorno nuevo, eso quiero.

Poner el árbol de Navidad es revivir años de la propia historia. Contrario a mi pésima memoria para las películas, puedo reconocer de dónde viene cada uno de los adornos.

Algunos me llevan a la vida en la casa de mis padres, como un pequeño Santa Claus sueco con cuerpo de estambre rojo y una esfera de madera por cabeza. Los rasgos de su cara están casi borrados, era el que le gustaba colocar a mi papá, quien hoy ya no pone árbol.

Adorno navideño, cada uno con su historia.

Los adornos y su historia.

Una muñeca de porcelana alargada estilo naïve que mamá nos regaló una a mi hermana y otra a mí, siempre empecinada en la titánica labor de ser equitativa, pero son diferentes porque cada una tiene un color de cabello distinto, porque era la época en que mi hermana y yo aún teníamos una gran diferencia de tono.

Un pequeño unicornio y un tigre de lana hechos por las manos pequeñitas de una niña chamula de siete años adquirido en un viaje a Chiapas. Mr. Darcy y Josephine como emblemáticos personajes de una historia de amor y unos Papa Noël en forma de huevo provenientes de Europa del Este.

Cada uno de ellos es un recuerdo y hay más de un centenar, sin duda esta cantidad evidencia la gran capacidad de recolección de momentos multiplicada por una interesante cantidad de años.

Los adornos que se van acumulando con los años se humedecen guardados y a veces se maltratan, pero siguen ahí salvo a menos de que se encuentren irreparables, porque en la historia de la vida todo lo que puede ser reparado es importante que se quede.

Desde donde me encuentro sentada, puedo ver a una «esposa» de Santa que está hecha de metal y perdió un bracito; no se puede reparar, pero es linda y original, no puede ser reemplazada. Es mejor que esté presente a que no esté.

Los adornos no combinan entre ellos, más bien se platican de dónde vienen.

De pequeñas, mis papás en Navidad nos ponían una película con un proyector Súper 8 de una niña que sus muñecos volvían a la vida mientras ella brincaba sobre la cama.

Así las figuras del árbol se ven y platican, como en la mente también lo hacen los recuerdos. Hacen cadenas de historias como les viene en gana, a veces inventan unas que nada tienen que ver con la realidad. Y está bien. Tener más mundos es mucho mejor que tener menos.

Cada año busco agregar al menos un nuevo arreglo que cuente una ventanita de vida. Pero este año pareciera no será posible. Tuvimos apenas dos meses y medio para sacarle el provecho y el brillo de lo que conocíamos como un año de vida.

En realidad, hay ausencias.

Pero, ¿cómo cuelgas una ausencia? El agujero del proyecto no terminado, de la relación que no pudo ser cultivada, el viaje que no tuvo lugar, la celebración que no pudo llevarse a cabo, el trabajo que se perdió y, sin duda, la peor de las tragedias, las personas que se fueron. 

¿Cómo cuelgas un agujero? Tampoco quiero borrarlos, porque fueron parte de un camino. 

Porque para sobrevivir construimos alrededor de los agujeros bordados y encajes como alguna vez lo hicieron nuestras abuelas alrededor de penas que no podían contar.

Ese alrededor de los agujeros de este año que podemos dar cuenta de lo que vivimos, y de como lo sobrevivimos. Ahora no cuenta mucho, llegamos cansados a la meta que sólo es fin de año, pero después contará. Y mucho.

Y sin embargo, hablar sólo de ausencias sería falso. Se nos convierte en una necesidad tratar de darle cuerpo a lo intangible.

No puedo sostener en mis manos la fuerza de una comunidad de médicos o de maestros, o de los que no pararon de trabajar ni un momento, los que siempre estuvieron para ayudar a otros. 

Los mejores ejemplos están entre nosotros.

Pienso que hace mucho no nos veíamos los unos a los otros. Pienso en la confianza de los pacientes que siguieron sus procesos analíticos y cambiaron de manera virtual de la noche a la mañana.

La calidez de una comunidad como de @aisladosperonosolos, ocurrencias en las redes que me arrancaron carcajadas y a veces encontraron a caminos a un corazón azul, el sello de la escritura de mis amigos de taller. 

Pienso en todos ellos y doy gracias. También agradezco porque amigos, familiares, pacientes y lectores quizá pudieron leer mi cansancio y en lugar de exigir más atención me acompañaron sosteniendo el vínculo. Ahí siguen.

Quiero un adorno novedoso, tanto que no ha sido inventado, como quizá ese futuro que aún no existe. 

Porque la vida en estos momentos se nos ha revelado como siempre ha sido, incierta, sólo que pensábamos que era diferente, porque cada día es empezar de nuevo con lo que tenemos, no con lo que creíamos que teníamos.